domingo, 29 de noviembre de 2015

EL SEGUNDO MUNDO


EL SEGUNDO MUNDO
Julio J. Parra Poza


La gente, ese clamor de venerable ciudadano, vive cada uno de sus días en una suerte de sopor, tranquila y sin aspavientos. Así es nuestro querido mundo occidental. Un mundo que intenta soterrar cualquier miseria, pero que, de vez en cuando, no puede evitar la realidad que mueve la maquinaria de fondo.
El capitalismo va corroyendo, cual carcoma; el consumismo va devorando con hambre antinatura, y en el proceso el ser humano va perdiendo su norte, ya no sabe si su sudor, su lucha y su empeño tiene sentido, porque la brújula que todos tenemos dentro está imantada, señalándonos permanentemente lugares a los que no deberíamos dirigirnos. El grupo Marcuse denunciaba la situación hace años, pero las miserias que se esconden tras el márketing y el mundo publicitario -motor imprescindible para que esta rueda nefasta siga su curso- continúan acrecentando su poder.
Y así, viviendo inmersos en este sistema sibilino, la población sigue ahí, anestesiada, ignorante pero a la vez tan pagada de sí misma que no se da ni cuenta de que nos estamos devorando vivos.




Somos lo máximo en especie evolutiva, según parece, ningún otro ser en el el universo que conozcamos es tan inteligente. Hemos desarrollado una cultura. ¡Ja! Ni los delfines, con ese supercerebro que poseen, según los expertos, han sido capaces de generar un simple graffiti. ¿Pues dónde están las obras de arte de los delfines, dónde están sus memorias ancestrales? En ningún sitio, claro, pues no poseen lenguaje escrito; asi que concluimos alegremente que son inferiores a nosotros. ¿Y qué se puede decir de los elefantes o los grandes simios?, da igual. Ahí están, haciendo su vida, felices y en paz (mientras les dejemos). No saben leer. No saben escribir, no saben la tabla del 9 y no saben ni hacer la O con un canuto. ¡Qué fatalidad! Mejor los masacramos, o nos lo comemos si está su carne tierna y jugosa. Total, ni se quejan, o eso queremos pensar.




¿Y esta quizá peregrina reflexión a qué cuento viene? -os preguntaréis. Pues viene a parar a esta sencilla y a la vez profunda cuestión: ¿De verdad somos los amos del planeta? Tenemos algo que las demás especies puede que no posean, bien. ¿Pero eso que a nosotros como seres humanos nos diferencia es un pasaporte para hacer lo que nos venga en gana? De ser cazadores - recolectores, solo para cubrir nuestras necesidades, como hacen los demás (me refiero a nuestros otros compañeros, las demás especies) nos hemos convertido poco a poco en monstruos, en un virus que asola sin piedad nuestro mundo, en un vampiro que chupa el jugo de la vida.

Nuestro linaje hace tiempo que no vive acorde a la Naturaleza, ya no vive siendo parte de ella pues hace mucho tiempo que se desmarcó, intentando controlarla, inicialmente mediante la agricultura, y variando el trueque por el invento del dinero y la posesión de riqueza. Hace mucho que torcimos por caminos peligrosos.

Hoy día hace falta producir, producir sin descanso para vender sin descanso, en un mecanismo infernal que nos conduce de forma irremediable al abismo.




La superpoblación hace bastante tiempo que es una amenaza muy preocupante, también la contaminación, el deshielo, la esquilmación de los recursos naturales, la pérdida del equilibrio biológico causado por la extinción masiva de especies, la deforestación, y así podríamos seguir con un largo etcétera.
Esto en cuanto a lo externo. Pero respecto a la actitud mental del ser humano, la cosa es aún más grave. Los últimos y más pioneros informes detectan, hablando en general, un preocupante deceso de inquietudes en las nuevas generaciones que puede precipitar aún más el temido desenlace. Y gran parte de culpa la tiene la tecnología doméstica y su modus operandi.
Por ejemplo, ¿quién se molesta ya en escribir a mano?; y existiendo Twitter y WhatsApp, ¿quien va a escribir algo de largo recorrido, si es necesario hacerlo con uno o dos dedos?
Pocos.
Algún “astuto” alegará que es el camino del progreso y que el que no quiera verlo así es un retrógrado, un dinosaurio. Pero a todas estas bienaventuradas opiniones habría que hacerles llegar que ya existen estudios serios que informan de lo pernicioso de perder la escritura manual y de muchos puntos oscuros de la comunicación facilona y breve, tan en boga en estos tiempos que corren y que correrán. Puesto que todo esto va in crescendo.

En fin, que nuestro mundo pueda irse al garete a medio plazo no lo digo solo yo, faltaría más.

Uno de los primeros que habló con contundencia en este sentido fue el gran maestro Arthur Schopenhauer, seguido poco después por su discípulo, un tal Nietzsche. Por aquellos tiempos había voces americanas interesantes, a destacar la de Emerson y la de Herbert Spencer; y más tarde, en tropel, las de Bertrand Russell, Erich Fromm, Maslow, y muchos otros. La cosa estaba clara. O cambiábamos, o íbamos hacia nuestra propia destrucción.

Por supuesto, la cabra tira al monte y la actitud general no varió ni un ápice a mejor, sino todo lo contrario.
Aparecieron nuevas y renovadas alarmas que comenzaron a llegar ya desde el mundo de la ciencia, voces como las de los científicos y escritores Arthur C. Clarke y Asimov, la hipótesis Gaia (Margulis – Lovelock), etc.
En recientes fechas, hemos podido escuchar multitud de aullidos, cientos de gritos. Cito algunos, con nombre y apellidos: Ervin Laszlo, Salvador Pániker, Morris Berman, Fritjof Capra, Ken Wilber, o nuestro querido Luis Racionero. Son solo algunos nombres. Hay cientos, miles. Los cito por si alguien quiere molestarse en revisitar estas fuentes, tan vigentes o más que cuando vieron luz.
Pero siguen siendo insuficientes.




Todos en el fondo vienen a decir lo mismo: Vamos por muy mal camino. Una senda que se ha dejado en estas últimas décadas lo más importante.

¿Y qué es lo más importante?

Lo primordial: reconvertirnos en seres libres.
Ser libre constituye lo más difícil en nuestros tiempos.
Por ejemplo, recuerdo mi caso con cristalidad: desde que tuve uso de razón no cejé en el empeño y me marqué como objetivo no trabajar para nadie que no fuera yo mismo. Y además ese trabajo que iba a realizar en un futuro lo haría porque yo quisiera acometer tal empresa, jamás bajo las órdenes de nadie y nunca bajo horarios impositivos. Tuve fe en que este pensamiento configurara mi realidad, y así fue. Tal cual.
Es necesario imaginar escenarios benevolentes con uno mismo. Siempre y en cada momento.
En los últimos años llegan cada vez más confirmaciones desde la física cuántica: el mundo de cada uno es según como cada uno lo piense. Da igual si el signo es positivo o negativo. El hecho es que la determinación funciona y configura cada particular realidad tangible en consonancia con la mente. Eso sí, los resultados se verán cristalizados en tanto en cuanto dibujemos con más nitidez esos hechos, cosas y personas que queremos que nos acontezcan. Y muy importante será también la carga de pasión que imprimamos, porque según su potencia ese conjuro hará las transformaciones deseadas en mayor o menor medida, más rápidas o más lentas.

Pero retomemos la idea. Desde que el capitalismo entró a formar parte de la vida del ser humano la esclavitud fue poco a poco implementándose. Poquito a poco, de manera soterrada. El granjero o agricultor iba cambiando esa vida dura e incierta -pero aún así bajo su control- por la supuesta seguridad de un empleo a horas fijadas, bajo la tutela de un patrón que en el mejor de los casos, retenía amablemente su tiempo a cambio de un dinero seguro.
Estoy hablando en tiempo pasado, pero dicha mecánica no ha variado en lo sustancial. Con una diferencia, internet ha propiciado la globalización y con ello que todo el sistema de negocio capitalista entre en una crisis sin precedentes (y no estoy hablando estrictamente de la crisis de estos últimos años).
La globalización ha destruido la pirámide clásica de negocio al permitir el contacto directo del cliente con la fábrica. Hace dos décadas la fábrica vendía al distribuidor, el distribuidor al comerciante o tienda, y este al cliente final. Los pasos intermedios se han eliminado y, de esta forma, millones de puestos de trabajo.
Hoy, por poner un ejemplo sencillo, si hacemos un pedido en un pizzería a través de internet, la pizzería te premia con descuentos. Y así ocurre lo mismo en cualquier otro negocio. Con ello se intenta suprimir costes y sueldos. Esas plazas son cubiertas por el software de cada empresa, que intenta reducir con ello más y más su plantilla de trabajadores.
Y esta es la situación:
Los programas informáticos hacen el trabajo que antes hacían 1000 o 10.000 empleados. A esto hay que sumar el exponencial crecimiento en robótica, y a todo esto hay que añadir también el exponencial crecimiento de la población. El cuadro resultante dibuja un panorama cada vez más oscuro en la batalla para encontrar un puesto de trabajo.




Sin embargo, curioso, hoy día cualquier mandatario del mundo civilizado tiene como prioridad disminuir la tasa de paro de su pueblo. Pero lo más sorprendente es que nadie hable de que la batalla esté ya perdida de antemano. Y muy pocos fuera del ámbito político denuncian que es virtualmente imposible que todo el mundo pueda acceder a un empleo. Además, según vayan transcurriendo los meses, esta situación se irá agravando porque tanto la informática como la robótica (ahora ya en plena expansión y desarrollo) irá cubriendo más y más esa demanda.

¿Dónde está la solución?

Solamente puedo hablar por mi mismo, y esa experiencia es la que os puedo traspasar.

El único objetivo que recuerdo desde que tengo uso de razón es el siguiente: No tener que madrugar por obligación. Porque para mí, madrugar de esta manera, significa ser esclavo, y no tener que hacerlo significa conservar la libertad.
Para conseguir ser libre es fundamental aprender a saber ordenar bien las prioridades. Así que desde el minuto uno me obsesioné con mi libertad. A día de hoy sigo siendo libre.

Esto de reconvertirse en un ser libre debiera ser el objetivo primordial desde la más tierna infancia. Yo tuve la suerte de comprender la trampa muy pronto y desde el primer momento puse todos los recursos mentales para escapar de esa rueda esclavizante: madrugar porque así te lo han marcado, para estar sentado en un habitáculo fuera de tu casa, dedicando tu tiempo (tu propia vida en definitiva) a que otra persona gane dinero a costa de ello.
Pero claro, el problema es que la Educación no enseña a ser libre, más bien interesa lo contrario porque si no el engranaje capitalista peligraría. Pero si ya desde la infancia nadie se ocupa de potenciar el librepensamiento y enseñar qué es lo realmente importante, y qué no lo es (casi todo), efectivamente la empresa se vuelve muy cuesta arriba. Pero en realidad lo único que hay que hacer es descerrojar esos candados y cadenas con los que la gente vive, convencida de que son reales.




Segundo, buscar dentro de nosotros.
Alli hay un centro en paz, el niño que siempre fuimos y siempre seremos, aunque lo hayamos sepultado bajo capas y capas de alquitrán. Una mirada limpia, libre de todo mal, eso es con lo que todos nacimos. Pero hay que recordar, hay que hacer un esfuerzo y recordar. Los que tenemos hijos, no deberíamos desaprovechar esa maravillosa nueva oportunidad para volver a revivir aquello que fuimos y lo que todo ser humano debería ser. Porque el niño es la clave. Porque el niño lo tiene Todo. El niño es feliz per sé, siendo, disfruta de la vida cada minuto y primordialmente no necesita que le agasajen con cosas, juguetes, consolas o cualquier otro invento. Sólo pide cariño y que nos comportemos con el como el siempre lo hará con nosotros: sin fallos, sin mentiras, sin dobleces.
Sólo después, con nuestro nefasto sistema educativo, que no atiende a preservar la maravilla que hay en cada uno de nosotros, convierte al pequeño en otra cosa, en algo diferente. Le vamos pintando capas y capas de lodo hasta que ese pobre ser ya no ve nada claro, y en algunos penosos casos empieza a ver el entorno de una manera muy turbia. Y cuando ya se hace mayor y tiene fuerza, puede utilizar esa fuerza de muchas maneras. Algunas muy peligrosas y dañinas. Sobre todo si ve que el mundo está contra él y contra lo que a él le han enseñado que es la virtud.

Las noticias nos hablan de guerras, muertes y sufrimiento a mansalva, y la mayoría de ellas proceden de diversos países del denominado "tercer mundo", gente a millones que se muere de hambre, de sed, de enfermedades que en nuestro "primer mundo" tendrían una fácil solución.
¿Y el "Segundo Mundo"? ¿Dónde está ese segundo mundo? A nadie le ha extrañado que exista "primer mundo", y que exista "tercer mundo". Pero jamás hablamos de un segundo mundo... ¡qué raro!
Lo que creo es que a nadie le extraña porque nadie quiere ni pensar en el. Todos lo intuyen, consciente o inconscientemente, pero, por favor, que no se hable de ello.




Hablar de un Segundo Mundo sería hablar de una posibilidad de contacto, de un enlace. El primer mundo podría conectar con el segundo, y este a su vez con el tercero. El arco socioeconómico estaría claro y todo el mundo sabría a qué atenerse. Habría un continuum lógico por el que transitar.
Pero nadie quiere ni oir hablar de ello. Aquí está el mundo soñado y allá se las compongan en otros lares, esos del tercer mundo. Está tan lejos... el propio lenguaje lo explicita: no puede haber nexo: el 3 no puede estar junto al 1. Hay algo en medio que no existe. Pero ¡¡¡ssshhhiiitttt!!! Chitón.
Ese es el error. El poder del lenguaje es enorme, ciclópeo y con esta grave omisión estamos perpetuando tanta desigualdad.

Nosotros, el primer mundo, hemos perdido la religión y hemos perdido en ese borrado también los valores fundamentales del existir. En algunos países de aquél mundo ignoto y lejano siguen viviendo con esos valores que nosotros hemos aniquilado en favor del mercantilismo y de los reclamos de nuestro sistema capitalista.

La religión, cualquier religión, es una rémora que no nos deja ver Bien. Lo Divino -para quien aún no lo sepa- no está allí ni acullá. Está solo y nada más que en el interior de cada uno de nosotros. Tu y tu y tu, y el otro y tu hermano y tu amigo y tu enemigo también son divinos, la pena es que este valor, esta verdad, no está sobre la mesa. Y así va el mundo.




Para redescubrir Lo Divino solo hay que mirar y observar atentamente a los niños pequeños. Ellos saben todo lo importante que hay que saber.

Es absolutamente imperativo aprender de ellos para que la vida continúe y se escuchen risas y no llantos sin fin.


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